Por: Julio Torres:
Un viaje en vehículo público me proporcionó una gran alegría en días pasados, abordó en una determinada estación una mujer joven con su hijo en brazos, no ocultaba que se trataba de su primer hijo.
Le acompañaba un hombre de bastante edad, como la mía, que después me enteré que se trataba de su abuelo de esa mamá jovencita y al ver que disfrutaba con ellos la escena amorosa con el niño, no hubo más remedio que entablar una conversación.
Manifesté que el ver una nueva vida era lo más importante en la vida, ver que el principio de generación estaba cubierto perfectamente, pues el ver ese principio generacional se reafirmaba el objetivo de vida.
Exaltamos las bondades de la vida y al tocar el punto de procedencia nos alegramos al descubrir que esa persona mayor y yo habíamos estudiado en la misma escuela secundaria.
Comenzamos a recordar aquellos tiempos maravillosos con nuestros maestros y desde luego las tonterías que se cometían propias de la edad dentro y fuera de clase.
Los conflictos que diseñaba el maestro de matemáticas para obligarnos a comprender cada uno de los enunciados y leyes de la materia y la manera de comprenderlos para la aplicación en la vida cotidiana.
Recordamos desde luego a las maestras guapas que impartían literatura historia y algunas materias más, hasta del amor platónico que se presentaba con ellas.
Es posible que el despertar a los años adolescentes haya cultivado ese amor platónico pero recuerdo que nosotros lo considerábamos inocente, difícil era verlo de otra manera.
Recordamos los talleres de carpintería, herrería y demás que se impartía en esas escuelas que buscaban prepararnos para un oficio si se daba el caso de tener que abandonar los estudios.
Recordamos también las veces que huimos de la escuela por el simple gusto de faltar a las reglas de asistencia y la manera como sufríamos las consecuencias, pero aún eso significó el disfrutar de la edad.
Los puntos de convergencia que ambos describimos a lo largo de algunos kilómetros de recorrido indican que pudimos haber sido compañeros de grupo y sin embargo no logramos recordar algo relevante.
Lo más importante es que allí estábamos los dos conversando y recordando esos años maravillosos que buena huella quedó marcada en nosotros.
Esas personas abandonaron el vehículo antes que yo y el sentimiento de alegría y nostalgia me mantuvo un instante con actitud reflexiva de tal suerte que otro pasajero me dijo: gracias, gracias por el momento que nos han proporcionado a quienes les escuchamos.
El resto de los pasajeros que estuvieron atentos a nuestra conversación hicieron lo mismo y no se imagina usted la alegría que eso me proporcionó, por eso lo comparto.
Es muy fácil filosofar, no se necesita ser erudito en la materia, debemos tratar de recuperar la manera de conversar en todo momento, alimenta mejor que el aislarse con los audífonos del teléfono celular.
Hoy y siempre, conversar es filosofar, es un gran alimento para el espíritu.
