Por:
Julio Torres.
Una mañana de domingo, ingreso a la recepción de un restaurante que
se encontraba muy concurrido y el posible tiempo de espera indicaba que el día
no sería tan feliz como lo deseaba, luego un niño que jugueteaba en el recinto,
de manera accidental derramó un líquido sobre la ropa que decidí vestir ese
día, casualmente era la primera vez que la usaba, desde luego que los
familiares de dicho niño se disculparon cumplidamente pero tampoco
lograban decidir que hacer ante el conflicto que se había iniciado.
El niño
se acercó a mi con una sonrisa que trataba de decir muchas cosas pero en
realidad era una sonrisa que interpreté como una disculpa, era un lenguaje que
a pesar de mi edad nunca antes percibí algo parecido, luego, con la sonrisa que
nunca desapareció de su cara, sin entender, me encontraba ante un evento más
allá de lo conocido pues tampoco encontraba alguna forma de exigir la
reparación del daño, posiblemente llegaron a mi mente un buen número de
palabras que pude haber pronunciado y sin embargo ninguna de ellas logró ser
pronunciada.
La
familia era un tanto numerosa y yo estaba solo, en ese momento la persona de la
recepción les avisa que la mesa está lista y el jefe de familia me invita a su
mesa como un acto de reparación del daño y el resto de los familiares se agregó
a la invitación, pero entonces el niño causante de esa nueva relación
“amistosa”, muestra una vez más lo mejor de él, su sonrisa franca y sencilla
que no hubo más remedio que aceptar la invitación.
Recuerdo
que en el camino hacia la mesa reservada pude percibir que una buena cantidad
de comensales no mostraba evidentemente una actitud de felicidad, más parecía
que estaban en ese lugar por compromiso y de ninguna manera con el objetivo de
disfrutar esa mañana esplendorosa, o por lo menos eso percibí cuando salí de
casa y debo admitir que en ese momento el percance sufrido parecía haberse
diluido.
Una vez
instalados a la mesa la conversación se centró en los alimentos que solicitaba
cada miembro de esa bendita familia, si, no me equivoqué, bendita familia que
sin palabras me dijo que eran muy felices y que trataban de obsequiarme un poco
de su felicidad, que seguramente mi actitud mostraba que me hacía falta, tal
vez no estaban errados, el asunto es que en verdad ese día aunque apreciaba el
esplendor de la mañana, no me sentía del todo feliz.
El tiempo que permanecí en segundo termino me recordó que:
mantener un estado permanente de felicidad solo requiere dos cosas: tener
experiencias nuevas que supongan cambios positivos y apreciar lo que tenemos en
lugar de desear muchas cosas, la felicidad no consiste en obtener lo que
deseamos sino en valorar lo que tenemos, de manera que una sonrisa me indicó el
momento real que estaba viviendo y como un impacto de misil desconocido me
preguntó: ¿Eres feliz?
El
desayuno se llevó a cabo en un marco de gran alegría y fraternidad, parecía que
nos conocíamos desde mucho tiempo atrás y de vez en vez, miraba a mi alrededor
y como evento inducido, solo percibía sonrisas a un lado y otro, esa mañana
supongo, ha sido una de las más felices de mi vida y debo declarar que a partir
de ese momento, me temo que conseguí una nueva familia, lo cual me es
placentero infinitamente.
En algún
lugar leí que ser feliz alarga la vida porque evita las enfermedades, la
felicidad nos vuelve propensos a escoger un estilo de vida saludable, creo que
es tiempo de voltear a ver la sonrisa infantil, porque esa sonrisa permanece
ajena a las pasiones, vicios, envidias y demás ideas que nos inculcan desde
temprana edad de manera inocente los aparatos sociales que nos rodean, una
sonrisa es una estrella o una estrella es una sonrisa.
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