En el diagnostico de la enfermedad,
Hipócrates introdujo elementos del método científico aunque parezca increíble
de acuerdo a su tiempo, exhortaba a la observación atenta y meticulosa;
ordenaba: “No dejéis nada a la suerte, controladlo todo, combinad observaciones
contradictorias, concedeos el tiempo suficiente”.
Hipócrates hizo gráficas de las curvas de
temperatura de muchas enfermedades, desde luego que mucho antes de la invención
del termómetro, recomendó a los médicos que, a partir de los síntomas del
momento, intentaran predecir el pasado y probable curso futuro de la
enfermedad.
Daba gran importancia a la honestidad y
estaba dispuesto a admitir las limitaciones del conocimiento de los médicos, no
mostraba ningún recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus
pacientes habían muerto por causa de las enfermedades que él trataba.
Sus opciones, desde luego, eran
limitadas, los únicos fármacos de que disponía eran principalmente: Laxantes,
eméticos y narcóticos, se practicaba la cirugía y la cauterización, se lograron
avances en este sentido hasta la caída de Roma.
Dos mil quinientos años y más han pasado,
y aún se le recuerda con la misma seriedad a Hipócrates como padre de la
medicina, pero se le recuerda principalmente por sus esfuerzos en retirar el
manto de superstición de la medicina y llevarla a la luz de la ciencia.
Mientras en el mundo islámico florecía la
medicina, en Europa se ingresó realmente en una edad oscura, se perdió la mayor
parte del conocimiento de anatomía y cirugía, se prefería la confianza en la
oración y las curaciones milagrosas.
Se utilizaban cánticos en gran medida,
pociones y amuletos, se restringieron las disecciones en cadáveres, lo cual
impedía que los que practicaban la medicina adquirieran conocimiento de primera
mano del cuerpo humano, se llegó a un punto muerto en la investigación médica.
Durante diez siglos no se hizo ni un solo
descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la
humanidad, ni una sola idea se había añadido a los sistemas especulativos de la
antigüedad, y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su
momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil.
Hipócrates escribió: “Los hombres creen
que la epilepsia es divina, solo porque no la pueden entender” pero, “si llaman
divino a todo lo que no pueden entender, habría una infinidad de cosas
divinas”.
En lugar de reconocer que somos
ignorantes en muchas áreas, hemos preferido decir cosas como que el universo
está impregnado de lo inefable, se le asigna la responsabilidad de lo que
todavía no entendemos a un Dios.
A medida que fue avanzando el
conocimiento de la medicina, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que
teníamos que atribuir a la intervención divina, tanto en las causas como en el
tratamiento de la enfermedad.
La muerte en el parto y la mortalidad
infantil han disminuido, el tiempo de la vida ha aumentado y la medicina ha
mejorado la calidad de vida de millones de personas en todo el planeta.
Va a ser imposible olvidar a Hipócrates
en dos mil años o más en el futuro.